Heredando el mood
Por: Diana Cauich
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De tal palo, tal astilla: Cuando te conviertes en tu mamá (sin darte cuenta)
Qué lindo es cuando mamá nos habla… y más cuando nos da órdenes o lecciones de vida. Típico: Estás buscando algo, ya hiciste un desastre y, de pronto, aparece mamá, observa la escena y lanza la clásica: “Si lo encuentro, ¿qué te hago?”.
Y ni hablar de ese momento en el que te escuchas repitiendo sus frases… Ahí es cuando sabes que estás heredando el mood al puro estilo de mamá.

Las frases icónicas de mamá
El trabajo de mamá no es nada fácil, pero tiene un repertorio de frases que han sobrevivido generaciones. Aquí algunas que seguro has escuchado más de una vez:
“¡Porque soy tu madre y punto!”
La más famosa. No admite discusión y marca autoridad al instante.

“O sea, que, si tus amigos se tiran de un puente, ¿tú también?”
Una joya que nos recuerda pensar antes de actuar (aunque en el momento solo queramos rodar los ojos).
“¿Qué crees, que nací ayer?”
Spoiler: No puedes engañar a mamá. Ella ya pasó por todo… y más.
“Aquí no es hotel”
Traducción: En esta casa todos colaboran. No solo es llegar, comer y dormir.

“¿Qué, a tus amigos no los quieren en su casa?”
Una indirecta muy directa cuando la visita ya lleva demasiadas horas instalada.
“Me tienes con el Jesús en la boca”
Esa mezcla de preocupación y amor cuando sales y tardas en volver.
Crecer también es heredar hábitos
Conforme vamos creciendo, el desorden deja de ser divertido… y empieza a darnos ansiedad, así empezamos heredando el mood. Y sí, ese pensamiento llega sin avisar: “¿Me estoy convirtiendo en mi mamá?”

Antes cuidábamos un tamagotchi o un Pou; ahora queremos una planta, le hablamos bonito y hasta nos preocupamos si no crece.
Y el nivel máximo de este mood heredado: emocionarte con ofertas. Sí, ese momento en el que ves descuentos y sientes una felicidad inexplicable… bienvenida a la adultez.
El mejor cumplido (aunque no lo creas)
Tal vez de pequeños jurábamos que nunca seríamos como mamá. Pero la verdad es que heredar su mood no está nada mal.
Es una forma de reconocer su sabiduría, su sentido del humor y todo ese amor que, sin darnos cuenta, ahora también vive en nosotros.
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